ENTREVISTA | Richard Le Manz: el artista atrapado en el cuerpo de un ingeniero

Cuando regresa de su trabajo como coordinador del servicio técnico de una empresa nacional de seguros, Ricardo Manzanilla (Ventas con Peña Aguilera, Toledo, 1971) se convierte en Richard Le Manz para alimentar su pasión artística. A través de la fotografía, intenta darse permiso para liberar su individualidad, un propósito que persigue desde niño, cuando cuestionaba a los profesores y soñaba con cruzar los límites de su pueblo.

“Yo no tengo hijos y mi mayor inquietud es dejar huella, crear algo que perdure. Se trata de mostrar lo que llevas dentro porque el arte tiene que salir del interior y, desde ahí, tratar de mover el mundo”, explica tras asistir como uno de los 35 fotógrafos invitados al Festival Xposure International Photography, celebrado en Emiratos Árabes en otoño de 2019. Allí conoció a premios Pulitzer y ganadores del World Press Photo, y presentó su obra In our hands, una serie de imágenes de múltiple exposición que pretenden concienciar sobre la responsabilidad humana en el futuro de la naturaleza.

Autorretrato de Richard Le Manz.

“Está en nuestras manos. Tenemos la capacidad de destruirla o defenderla”, insiste. En su anterior trabajo, Hábitat. Más allá de la fotografía, utilizó su trayectoria profesional en el sector del automóvil para configurar metáforas visuales sobre el impacto del desarrollo tecnológico en el medio ambiente. Escenarios inventados con bielas, válvulas o cigüeñales provoca al espectador sobre problemas cotidianos de alcance global.

Un arte conceptual con mensaje al que dedica largas jornadas de reflexión para descubrir la mejor forma de comunicar su manera de entender la vida. “No me queda mucho tiempo”, repite con cierta angustia por haber empezado “tarde” a materializar su faceta artística y activista. Su primera cámara semiprofesional la compró en 2015 y su primera exposición individual se celebró en 2018.

Imagen del proyecto En nuestras manos.

Mucho antes, el joven Ricardo se esforzó durante años para cruzar la frontera de su pueblo, conocido por la caza, la carne de venado y los artículos de piel. En un contexto en el que la presión social “convertía en una afrenta las inquietudes que cuestionaran lo que se había hecho siempre”, él redobló su empeño en los estudios a modo de rebeldía. “Existía un techo de cristal para la gente humilde, que no se creía con derecho a estudiar, a vivir fuera, a acceder a la cultura. Quienes nos acercábamos a esos límites, vivíamos un tropiezo constante en nuestro entorno”, recuerda.

“Existía un techo de cristal para la gente humilde, que no se creía con derecho a estudiar, a vivir fuera, a acceder a la cultura”

Aprender un oficio como el de cantero, tradición en su familia, le resultaba insuficiente para sus aspiraciones. “Utilicé mi arma, que era la inteligencia, para salir de allí. Quedarme no me habría ayudado a desarrollarme como la persona que soy”, asegura décadas después de sus años de colegio, en los que muchas lecciones le parecían obviedades y los profesores le animaban a confiar en sus capacidades.

Con la practicidad en mente y dejando a un lado su temprana afición al dibujo y la pintura, se formó como ingeniero eléctrico industrial e ingeniero electrónico, lo que le llevó a independizarse y a establecerse en León. “La vida te lleva, es complicado. Necesitas ganarte la vida de alguna manera y la sociedad te inculca que algunas opciones no sirven”. Después llegó la etapa de crecimiento profesional: la responsabilidad, los horarios, los viajes constantes. Su creatividad se mantenía latente bajo su curiosidad, que intentaba desarrollar en su día a día a través de la formación autodidacta, de conocer a gente diferente y de vivir nuevas experiencias.

De la belleza al compromiso

Su pasión por expandir su mundo y su mente le animó a viajar a lugares como Namibia, India, Perú, Madagascar o Nueva Zelanda, entre alrededor de 30 países. Además de su esposa, su cámara se convirtió desde 2013 en su compañera habitual para capturar la inmensidad y la belleza de cada escenario. Aquella fotografía de paisaje vivió un punto de inflexión en un viaje a Nepal: tras el terremoto de 2015, conoció a gente que le convenció de que sus imágenes podrían ayudar a otros. “No me creía capaz de contribuir, pero allí me di cuenta de que cualquiera puede aportar algo”. La idea se materializó junto a dos fotógrafos leoneses en el proyecto audiovisual Nepal will rise again (2015). Gracias a las diferentes exposiciones y a un corto documental recaudaron fondos para reconstruir un colegio en el epicentro del terremoto.

 “Hay que empezar con problemas pequeños, los de aquí, y que uno mueva otro. No me tengo que ir lejos para plantear problemas globales”

Aquella experiencia activó una nueva perspectiva para contribuir con un propósito mayor a base de imágenes elaboradas con elementos a su alcance. “Hay que empezar con problemas pequeños, los de aquí, y que uno mueva otro. No me tengo que ir lejos para plantear problemas globales; podemos empezar con el tráfico o la contaminación”.

Su compromiso delata su amor por la naturaleza, donde encuentra el silencio para reflexionar sobre su filosofía de vida y las técnicas para transmitirla sin perder la armonía visual. “Se trata de mirar hacia dentro para añadir tus ideas a tu fotografía, de manera que se convierta en un reflejo de quien eres”, como explicó en su charla en Emiratos Árabes sobre su pasión, por la que ha recibido decenas de premios y reconocimientos locales, nacionales e internacionales, como la medalla de oro en los Tokyo Photo Awards en enero de 2020 por su proyecto Instante decisivo.

Imagen del proyecto Hábitat, más allá de la fotografía.

Después de llegar a las antípodas, le queda trascender límites personales. “Me queda atreverme: me siento en una frontera personal tratando de encontrar la manera de dedicarme plenamente a la fotografía”. Como reflejo de la lucha entre el artista y el ingeniero, se tomó una serie de imágenes en las que aparece dentro de una botella, reflejo del ansia por renacer y manifestar su alma.

“Esa parte de mí debería estar fuera, pero cuesta sacarla. Con el tiempo, con la estabilidad económica, vas dejando el temor a ser quien eres, te atreves a expresarte más. Es un acto de valentía. Si fuera más valiente, sacaría más cosas”. Mientras analiza cómo monetizar su arte y el precio que pagaría si se dedicara a ello a tiempo completo, maquina sobre los siguientes proyectos, y cómo ayudar a que las nuevas generaciones empiecen antes a expresarse a sí mismas y a responsabilizarse de su talento.

Más información
https://www.richardlemanz.com/

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