El viaje de la bruja

Otra casa en la que quieren cazar a una bruja.

Otra familia que cuelga etiquetas trastornadas sobre el árbol caído en el descendimiento.

Otro padre que busca entre lágrimas a aquella chica de sonrisa amable, la que se disciplinaba para engañarse y se alejaba del escalofrío que le recorría la espalda. Esa que lloraba sin molestar en un rincón de su cabeza sin atreverse a explorar sus entrañas. Esa con los hilos rotos entre su voz y su sexo, esa que todavía no sabía rugir.

Otra madre entregada que intenta cubrir con cadenitas de oro el cuerpo de una hija a la que le estorba casi todo, esa que un día vio el dorado en su propia piel.

Otra abuela cubierta con rebeca de miedo que habla de la falta de porvenir: “Déjalo, abandona, abandónate y quédate conmigo”, le susurra. Quedarse donde quedaron otras, las de la intuición castrada y la constitución recortada. Las mendigas de amor, las chicas buenas, las eternas becarias de la vida que contenían la respiración por una palmadita amable.

Otra hija que estuvo a punto de perder la fe, que se llevó al límite de aquella esquina, donde estuvo a punto de creer que su luz se limitaba a aquellos momentos de éxtasis y que su fuego interno se había apagado al salir de aquellos brazos. Otra hija que miraba su cuerpo desde el precipicio de su frente, liberando un alarido con los puños apretados antes de emprender el mayor viaje de su vida: el descendimiento. El desplome hasta la tierra, indagando en las raíces que le pinchaban por dentro. Ella, que tanto había volado, corría descalza buscando un rincón cálido donde hacer pie, un pie negro tras caminar sobre sus cenizas.

Con casi todo llorado, se deja caer y se rinde para pedir asistencia: alimento y abrigo. Se acurruca en su propia tierra y comienza un viaje a la inversa: oler sus esencias, oír su canto, lamer su herida, mirar su mirada, acariciar sus curvas de aprendizaje. Entre molestos silencios, bendice su egoísmo y se ruega paciencia. Escucha a las que sobrevivieron y se agarra a una mano invisible, que le acaricia los ojos para que no los cierre.

Cansada del ruido, se tapa los oídos con sus propias semillas, que alimenta con el bombeo de su respiración. Un ritmo entrecortado que practica para aprender a gestarse a sí misma otra vez. Su llama eterna se le escapa en un taxi al abrazar con palabras de dignidad a una mujer de paredes transparentes y a un joven perdido en una pantalla. En otro viaje, ella calla mientras el conductor se recuerda y anhela su brillo de juventud, olvidado en un hotel del Caribe.

Recopilación de discretos brotes plantados en una tierra que no se vende, a pesar del barbecho, a pesar de un abono que aparenta abandonar, abandonarse.

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Más allá del despecho

Bideak, doinuak
Daramatzagu kolkoan
Ilargi berriak
Lagun zaharren ondoan

Bailar con coraje Todos me miran, llorar mil veces al escuchar Amor eterno o Un mundo raro. Bandas sonoras de desamor o de amores imposibles que nos acompañan en escenas cotidianas, como la limpieza general a la que me dispuse el fin de semana, en medio de otra oleada revuelta de asuntos terrenales. Esta vez, no quería volver al “nothing breaks like a heart” ni al “invítame a un café y hazme el amor” o “siempre volverás una y otra vez”. Sentí hartazgo ante la insistencia de mirar hacia el mismo lado: señalar a la persona ante la que nos sentimos heridas o al recuerdo de aquella vez que tocamos el cielo. Necesitaba mirar a otro lugar y dejar de señalar a los supuestos culpables o salvadores. Un lugar más allá del corazón roto, de las heridas reabiertas, de la nostalgia hacia un amor imposible que recordamos entre lágrimas en un concierto, cuando volvemos a pasar por el corazón ese instante de eternidad en los brazos de otra persona. “Quien lo probó lo sabe”.

En ese momento, me acordé de Neomak, un grupo de mujeres que cantan en euskera con sonidos folk y actuaciones con aires de akelarre, akelarres donde las brujas quemaban el desgarro, la ira acumulada en los vientres y la piel rasgada, y renacían entre alaridos. Una música que asocio a la mujer salvaje, tan presente en Mujeres que corren con los lobos, ese libro que me tira de la mano y de la lengua desde hace unos años; la misma mano que me trajo a esta tierra, donde he conocido esta música que me alienta. Escuché el disco en bucle durante horas mientras limpiaba con empeño la casa. La fuerza alegre de la música se fue metiendo en mí, reactivando esa llama interna, todavía viva al margen de miradas ajenas.

Qué necesario dejar de enfocarse en el otro durante un tiempo, dejar de mirarlo como culpable o salvador. Gritar, rugir y bailar descalza en otro tiempo, en otro lugar. A ratos, sola, a ratos, acompañada, dejarse llevar en la hoguera de Plutón, el diablo que nos empuja a la transformación, la piedra negra de lava que nos impulsa a destruir la estructura que languidecía, a purgar el desgarro, a sacar la basura y lanzarla a las entrañas de la tierra mientras Venus renace llena de deseo, sintiéndose la diosa que nunca dejó de ser. Después, con la mirada y el cuerpo saneados, prendidos por la propia llama eterna, volver a mirarse con más ganas de jugar que nunca, jugar de verdad, enseñando más cartas, compartiendo más cartas; y bailar alrededor del fuego que los ha devuelto a la vida.

Viaje del imperativo al indicativo (pasando por el reflexivo)

Dime
Dime que soy la mejor; repíteme otra vez todos los superlativos. Dime que soy la que más te inspira en la noche y más te distrae en el día. Dime que soy la más discreta, la que mejor se traga tu argumento. Dime que soy la que más te alivia la herida; la que mejor te entiende, la que nunca se enfada.

Dime que soy la que mejor maneja tus silencios; la que mejor calla mientras te otorga derechos sobre su cuerpo. Dime que soy la que más quieta se queda, la que casi ni respira, la que aprende a sobrevivir con lo básico; la que más espera, la que menos molesta, la que más aguanta; la incondicional.

Dime que soy la que menos necesita, la que no quiere nada, la que no pide nada. Dime que soy la que mejor finge que disfruta al subirse en la montaña rusa; la que más te quiere mientras cree que te ama.

Déjame
Déjame delegar en ti mi salvación, mi definición con nombre y apellidos. Déjame construir en ti un pequeño nido, un refugio, un rincón discreto donde apoyarme. Déjame convertirte en mi escudo para protegerme al salir al mundo.

Déjame hacerte cargo de mis límites y mis varas de medir. Déjame distraerme contigo mientras te regalo mi brillo, y me olvido de mis herramientas y mis deseos. Déjame usarte como diccionario, biblia y ley. Déjame convencerte de que me necesitas; déjame salvarte.

Me alejo, me alejo de mi piel para esquivar el dolor; vuelo a la tierra de las teorías infinitas para entender mi censura, mi quietud, mi obsesión. Ideas dispersas y dispares inundan mi cabeza, que termina rindiéndose ante un cuerpo doliente. En las entrañas, se amontonan las palabras que respiran, marcan líneas en la arena, alzan la voz y escriben su versión de la historia. Párrafos que flotan entre la sangre tragada por las frases que arañan y que se acumula en el vientre siglo tras siglo.

Una piedra negra de fuego entra entre mis piernas y purga el silencio, la identidad difuminada, el lloriqueo constante que nunca se atrevía a retirarse de mesas en las que ya no servían nada. Al fin, un escalofrío me empuja a soltarme de los imperativos. En el vacío, miro alrededor y sólo quiero acercarme a los reflexivos. Acompañada por manos amables, busco lugares con tiempo para conjugar en primera persona nuevos verbos de amor. Todavía sin admitir esta mirada medio dormida, esta piel con costuras de oro, pruebo nuevos ritmos para transitar la lista de tareas a mi nombre. Aparecen los primeros cimientos, discretos pilares que dan paso a las paredes, al aroma a hogar. Un día, incluso me atrevo a poner una puerta, una puerta con timbre. Creo que estoy volviendo a casa. Espera, están llamando. ¿Me deseas suerte? Es la era del indicativo.

Sentirse fuerte

Me siento fuerte cuando, al fin, dejo todo y me siento a escribir. Cuando aparto el ruido, mi ruido, tantas miradas hacia fuera, hacia lo que duele, hacia lo que distrae. Lo rozo, lo toco, doy vueltas alrededor, pero sin atreverme a entrar. Otra vez, no entiendo nada. Hablo, hablo mucho sobre las heridas, rememorando las circunstancias, las declaraciones, y sigo hablando de ello, como ahora, perdiendo fuerza y foco.

Me siento fuerte cuando miro esa caja en medio de todo; me arremango, la nombro, le quito el polvo; voy filtrando lo que encuentro: bolsa para donar, bolsa para tirar, bolsa para arreglar. El armario, la habitación, la mesa, el bolso, la mañana, el día, la semana… bendito orden lógico. Me vuelvo a caer en medio de un recuerdo que me tumba en la cama; busco información relacionada, nueva lógica que aplicar; de nuevo, dar vueltas sobre un eje que se convierte en una espiral, y me aleja del tiempo y el espacio; me desploma en el suelo sin saber dónde estoy ni qué hora es.

Respiro, abro un ojo, mi cuerpo está entero, lo agradezco, es otra oportunidad, me queda otra vida, por dónde empiezo ahora. Mi cuerpo pesa, pero se tambalea, anda torpe. De nuevo, las pautas: retomar el orden, empezar por algún lado; empiezo por el cuerpo. Dejo todo como está y echo a andar, parece que mi cuerpo funciona, hay esperanza, respiro. Regreso, empiezo por un rincón, un rincón de mi piel, una esquina reseca que me esperaba mientras yo miraba por la enésima ventana. Me disculpo de nuevo, ya estoy aquí, palabra de madre arrepentida. Mi cuerpo me recibe de nuevo mientras escucha mis renovadas promesas.

¿Y cuándo me siento fuerte? Paso a paso, estoy en ello. De momento, mi cuerpo está casi listo, como una niña recién peinada y «bien de colonia». Mis piernas avanzan hacia la mesa, allí me esperan todas las teclas para seguir formando palabras, que podré compartir y salir ahí fuera con la tarea hecha. Una masa de aire espeso se precipita hacia mí. Me dejo llevar; una montaña rusa que regresa al pasado y al futuro sin escalas, sin pisar tierra, sin hacer pie, sin estar aquí, ahora. No me atrevo ni a oler, casi ni inspiro, las escenas se suceden rápidamente, con múltiples personajes sujetos a un guion caótico. Stop, alguien me para, una mano amable que apaga todas las luces de ese cine abierto 24 horas. “¿Querías ver todas esas películas?”, me pregunta. “Sí”, le respondo con pudor. Podemos empezar por una. Me dejo llevar y me siento a su lado. Me cuenta sin prisas la historia de una niña que corretea y canta por los montes, que se queda en casa sola para arreglarse a su ritmo, a su manera, que se siente fuerte cuando reaparece por las cortinillas del patio, como si estuviera recién llegada de un templo donde ella es la reina. Su reino la acompaña, a veces, con silencio, otras, con palabras, dudas, dolor, pero ella siempre respira. Una historia sencilla y extraordinaria, hecha a mano, palabra a palabra, con épocas de boca cerrada, de cuerpo encogido, de melodías lentas que animan a recalcular. La niña se convierte en mujer, y se atreve a poner puntos y finales a los cuentos, incluso a titularlos, como si colocara un foco que la ilumina, por si alguien se quiere asomar. No se trata de un neón intermitente: es una luz luminosa, amable, como de atardecer de un pueblo manchego, un aire a desesperanza que se salva en el último centímetro del paisaje gracias a una segunda oportunidad. Una caricia, una inspiración, un desvío oportuno, un sonido de agua corriendo entre las piedras secas.

Me siento fuerte al recordar y al contar esas otras oportunidades, que sí llegaron; me siento fuerte al encarnar la siguiente oportunidad. No quiero pronunciar esa ni otras palabras que hagan brindis al sol, pero me las bebo letra a letra, como combustible para parir mis criaturas, mirar su mano derecha y su mano izquierda, y decirle a cada una: “Estoy contigo, ¿qué necesitas?». “Amor, como siempre”, responden. “Lo sé”, coincido. “De momento, me tenéis a mí… ¿Y si hacemos una tarta con forma de corazón?”, les propongo para animarlas. Sin quitar la cara de desconsuelo, responden que se la comerían enseguida y ya no verían el corazón nunca más. Les doy la razón. Les propongo otras opciones, como tejer un mantel con la misma forma o dibujar un corazón en la arena… Me rechazan una tras otra. Tras un silencio, les digo: “¿Y si directamente nos convertimos en el amor?” Medio dormidas, ni levantan la cabeza. “Despiértanos cuando tu propuesta tenga un mínimo de lógica, por favor”. “Es en serio”, les insisto. Podemos invertir la ecuación, como si nos transformáramos en una granja en lugar de comprar todo en un supermercado. Al principio, lo que cultivemos sería para nosotras, pero, a medida que cojamos ritmo, podremos compartirlo, así, de manera natural. “Esa es la clave: algo que sea natural para nosotras, sin que nadie nos lo recuerde”, me susurro a mí misma. Empiezan a abrir un ojo para escucharme mejor. “¿Por ejemplo?”, me dice la mano derecha. “No sé, yo ahora tampoco lo tengo muy claro. De momento, necesitamos despejarnos, que nos dé el aire, mover el cuerpo”.

Mientras paseamos las tres descalzas, la mano izquierda forma palabras con las letras que encuentra, imagina historias mágicas con los números y recita versos a las flores del paseo. La mano derecha se pregunta por la vida de la gente: ¿Por qué miran al suelo? ¿Adónde van tan rápido? ¿Para qué se arreglan tanto o tan poco? ¿De qué hablan en esa mesa? ¿Por qué tanto enfado? ¿Por qué tanto desprecio del otoño, tanta idealización de la primavera? ¿Dónde encuentra esa gente los corazones? ¿Acaso los han encontrado? Entre preguntas y versos, ambas manos miran su propia piel, sintiéndose sujeto y complemento. Las miro de reojo y las aprieto un poco más fuerte. Todavía no se han dado cuenta, pero sus dedos cada vez son más rosados.  

Gritos en el bosque

Otra vez, me escapo por la ventanilla. Un paisaje verde me invita a subir a escena. Respiro hondo para apartar la obsesión y entregarme a la necesidad de fondo. Mi ímpetu tumba uno de los árboles y salto sobre su tronco con las piernas abiertas. No, no quiero que entre en mí, sólo le pido que sostenga el desgarro de un parto inminente. Siento el rotundo sí de la madera entre mis muslos mientras me anclo con las uñas a ese rincón de tierra elegida.

Mi garganta empieza a inclinarse hacia atrás y grita torpemente. Siglos de silencio salpican la yerba; les siguen los puños escondidos, los pies hacia dentro con los dedos encogidos; una respiración entrecortada, una piel vigilante; pasos interrumpidos por el pánico a despertar y que no quedara nadie, que no quedara nada. Lágrimas que volvían a sus adentros como única salida, una Constitución rota en pedazos delante de su cara, una indefensión aprendida que cogió gusto a leerse a sí misma.

La tierra no se inmuta; acostumbrada al caos, a la siega y a la siembra, prende fuego a aquella maleza y se deja nutrir por las cenizas. A pesar de que las llamas me rodean, su ritmo de incendio controlado me permite calmar la respiración y reposar sobre la fortaleza de aquel árbol, testigo de un vientre que aprende a mirarse con otros ojos, que se agarra al Sol para tomar fuerzas y abrir las ventanas. Una casa fértil casi vacía, pero con vistas para entrar a vivir.

Contarte

Cuando otra vez busques explicaciones de todo y te encalles en el enésimo nivel del videojuego; cuando se te achique el cuerpo mientras vas perdiendo el ritmo de la calle y te tropieces con todo lo que han puesto ahí fuera; cuando camines y no encuentres un refugio, una mirada con visión, un argumento que te aclare todo. Párate, mírate tú y cuéntate tu versión del cuento.

¿Y si estuvieras a cargo de decir lo que no se quiere sentir? ¿Y si te asomas al balcón olvidado? ¿Y si tu lugar ahora se aleja de ese barullo de piernas despistadas? ¿Y si dejas de mirarlos por una tarde? Sigue caminando, hay un nido que te espera.

Deletrea esa masa que acumulas bajo tu cabello, convierte en palabras ese lastre que arrastras por otra ciudad. Escríbelo en una servilleta del bar El Nido, allí donde te refugias para ensayar tu voz y tu palabra. Conviértelo en pasado mientras lo cuelgas en la pared del baño y un chico mira de reojo. Déjate abrazar, él es tu primer espectador; te ha visto, ha leído tu torpe intimidad, ha besado la semilla de un pálpito popular. Asómate a la calle, palpa tu asiento; no me engañes, te veo sonreír.

Bikinis a la sombra

El bronceado disimula la palidez de unas carnes sobrevivientes de historias que las tumbaron en la arena temporada tras temporada. Cuerpos casi al descubierto, casi rendidos, bajo una tela que deshonra los rincones donde se cuece la alquimia. Una tela que se olvidó de ser velo tras un cambio de estación y se empeña en eternizar la primavera. Caras al sol pidiendo un milagro mientras sus manos aguardan llenas de frutos maduros con un néctar que se desprecia verano tras verano.

Discursos en la orilla, oraciones subordinadas sobre ellos y ellas, palabras de más sobre amigas con hambre de hombre. Piel tatuada que mira con nostalgia los destellos de vida entre el vaivén del agua. Cuerpos que avanzan hacia las olas con aires de segunda oportunidad y unos pies mojados que se anclan en la línea de salida, a un paso de que el mar se despliegue en sus vientres, y geste nuevas palabras, ritmos, paisajes.

Una mujer con mi nombre ha cruzado la frontera. Consciente de la ausencia de miradas cómplices, se giraba hacia atrás cuando el agua le alcanzaba los muslos; pero la escena a su espalda ya no era opción: retroceder la habría atrapado en la arena, pronunciando promesas que la brisa silenciaría. Su opción elige entregarse, permitir que la frialdad la atraviese hasta las ondas de su cabello y exponerse al sol para sentir el anhelado balance en sus adentros. Sirena que selecciona sus escamas, que recordó su paso y se permite aprender en tierras que todavía no sabe conjugar. Antes de avisar a las demás, se canta hacia dentro y dibuja frases de amor en la arena para recordarlas cuando se acerque de nuevo a esa línea abismal, donde una piedra te pregunta cada vez si la quieres besar en la cara o en la cruz, si prefieres luz o te quedas en la sombra.

Las Arenas, mayo de 2022.

Desde el cuerpo

El corazón mira desde arriba a los pies, que tantean el terreno para reconciliarse con el tiempo y el espacio. Las piernas dicen que están listas; las caderas sienten una estable jovialidad, a pesar de los viejos devaneos entre la retracción y la dislocación. Una masa de aire denso asoma por el bajo vientre y ocupa el cuerpo hasta el cuello, donde se encuentra con un muro. Al otro lado, un cortocircuito temporal aguarda un chispazo de luz natural. La masa insiste en ampliar su territorio y convertirlo en un lugar rígido y torpe. «¡Hay que sacar esto de aquí! ¡Así no podemos vivir!», gritan desde la pelvis. «¡Saltad!», ordenan a los pies.

El movimiento va fortaleciendo los músculos y espantando a la masa invasora, esa vieja conocida que se olvidó de la vida y sólo aspiraba a medrar en un refugio caliente; una masa amorfa que lo teñía todo de un dolor gris. Las piernas mantienen el ritmo y siguen saltando. En la transpiración, los poros intercambian monóxido gris por una brillantina natural, que entra con gracia camelando a los cínicos tendones. Velos, bailes con curvas y un diccionario carmesí avanzan sonrientes detrás de una serpiente que asciende por la columna. Por el camino, se asoman a una habitación, donde la pandereta y el laúd se están besando. Celebran lo que todo el pueblo ya sabe: el impulso eléctrico que estremeció al cuerpo, regresándole al primer plano.

Asomarse

Me miro, me respiro, me veo, me nombro, me conjugo, me salgo del renglón, me despliego en el margen, me incorporo, cojo ritmo, cojeo, me riego, cultivo, me asomo… Te miro, te huelo, te veo, te nombro, te conjugas, te tuerces, te estiras, te duele, te asomas… Asomarse al arte del punto medio entre el reflexivo y el indicativo, entre la voz activa y la voz pasiva; apropiarse del infinitivo con arrebatos de imperativo; olvidarse los apuntes del subjuntivo y los condicionales. 

Cuando emprender y superar una crisis vital caminan de la mano

La artista serbia Marina Abramovic asegura que la única manera de reconstruirnos es haciendo lo que nos da miedo. Tanto la palabra reconstruirse como miedo se pueden interpretar de tantas maneras como personas. En ocasiones, recomponer las piezas consiste en recuperar la autoestima tras una ruptura; en otras, en encontrar tu sitio en la sociedad al montar una empresa. Quien encara una superación personal y quien emprende enfrentarán miedos, asumirán retos y necesitarán estrategias. Las similitudes entre ambas situaciones pueden suponer una inspiración para sus protagonistas. Repasamos algunas:

  • Amor y pertenencia. Ante una crisis o al emprender, nuestra humanidad asoma y los miedos se asemejan. En ambos casos, podemos sentir miedo al fracaso, a la soledad o al rechazo. Como seres humanos, buscamos ser aceptados, a ser posible, a nuestra manera, con nuestras ideas divergentes, y a pesar de nuestras cicatrices.  
  • ¿Para qué estoy aquí? Probablemente, la profundidad de la respuesta de quien asume un duelo será mayor que la de una emprendedora. En cualquier caso, la búsqueda de un para qué se convierte en una guía para cuando la motivación falla. En ese momento, recurrir a la caja de valores y compromisos nos recuerda para qué queremos superar una enfermedad o retomar un proyecto.
  • Una nueva versión de ti. Para trascender una crisis personal, necesitamos desapegarnos del personaje con el que nos manejábamos, que quizá era una mujer casada o de clase alta. Al trabajar por cuenta propia, requeriremos de una nueva narrativa protagonizada por alguien que puede que se dedicara a otro sector o dependiera económicamente. La transición implicará evaluar creencias para filtrar las que nos encallan en nuestra vieja versión.
  • De quién te rodeas. Si el entorno desconfía de que nuestro protagonista cambie de faceta, el riesgo de perder la confianza es mayor. Las personas de las que nos rodeamos pueden convertirse en un sostén para aceptarnos y recordarnos nuestro compromiso ante un fracaso. Si queremos salir de una relación violenta y conocemos a supervivientes de historias similares, la esperanza se multiplica; al igual que pertenecer a un grupo que ha desarrollado el estilo de vida que anhelamos.
  • Atención plena. Ante la tentación de abandonar, la atención se impone en la agenda. El piloto automático dejó de funcionar y necesitamos nuevas respuestas ante un escenario que nos pone a prueba. Alguien con movilidad reducida por un accidente desarrollará su ingenio para manejarse por la calle. Estar alerta también se convierte en un reto y un regalo para la emprendedora porque puede recuperar o desarrollar recursos y talentos, ordenar valores y prioridades, y definir hábitos acordes con su nueva etapa.

Mantenerse en la senda de desafíos personales o de emprendimiento nos ofrece la oportunidad de reconstruirnos a partir de las piezas que hemos encontrado en el camino y convertirnos en heroínas de nuestra propia historia.

Artículo publicado en la web de la organización EmakumeEkin.