Bikinis a la sombra

El bronceado disimula la palidez de unas carnes sobrevivientes de historias que las tumbaron en la arena temporada tras temporada. Cuerpos casi al descubierto, casi rendidos, bajo una tela que deshonra los rincones donde se cuece la alquimia. Una tela que se olvidó de ser velo tras un cambio de estación y se empeña en eternizar la primavera. Caras al sol pidiendo un milagro mientras sus manos aguardan llenas de frutos maduros con un néctar que se desprecia verano tras verano.

Discursos en la orilla, oraciones subordinadas sobre ellos y ellas, palabras de más sobre amigas con hambre de hombre. Piel tatuada que mira con nostalgia los destellos de vida entre el vaivén del agua. Cuerpos que avanzan hacia las olas con aires de segunda oportunidad y unos pies mojados que se anclan en la línea de salida, a un paso de que el mar se despliegue en sus vientres, y geste nuevas palabras, ritmos, paisajes.

Una mujer con mi nombre ha cruzado la frontera. Consciente de la ausencia de miradas cómplices, se giraba hacia atrás cuando el agua le alcanzaba los muslos; pero la escena a su espalda ya no era opción: retroceder la habría atrapado en la arena, pronunciando promesas que la brisa silenciaría. Su opción elige entregarse, permitir que la frialdad la atraviese hasta las ondas de su cabello y exponerse al sol para sentir el anhelado balance en sus adentros. Sirena que selecciona sus escamas, que recordó su paso y se permite aprender en tierras que todavía no sabe conjugar. Antes de avisar a las demás, se canta hacia dentro y dibuja frases de amor en la arena para recordarlas cuando se acerque de nuevo a esa línea abismal, donde una piedra te pregunta cada vez si la quieres besar en la cara o en la cruz, si prefieres luz o te quedas en la sombra.

Las Arenas, mayo de 2022.

Desde el cuerpo

El corazón mira desde arriba a los pies, que tantean el terreno para reconciliarse con el tiempo y el espacio. Las piernas dicen que están listas; las caderas sienten una estable jovialidad, a pesar de los viejos devaneos entre la retracción y la dislocación. Una masa de aire denso asoma por el bajo vientre y ocupa el cuerpo hasta el cuello, donde se encuentra con un muro. Al otro lado, un cortocircuito temporal aguarda un chispazo de luz natural. La masa insiste en ampliar su territorio y convertirlo en un lugar rígido y torpe. «¡Hay que sacar esto de aquí! ¡Así no podemos vivir!», gritan desde la pelvis. «¡Saltad!», ordenan a los pies.

El movimiento va fortaleciendo los músculos y espantando a la masa invasora, esa vieja conocida que se olvidó de la vida y sólo aspiraba a medrar en un refugio caliente; una masa amorfa que lo teñía todo de un dolor gris. Las piernas mantienen el ritmo y siguen saltando. En la transpiración, los poros intercambian monóxido gris por una brillantina natural, que entra con gracia camelando a los cínicos tendones. Velos, bailes con curvas y un diccionario carmesí avanzan sonrientes detrás de una serpiente que asciende por la columna. Por el camino, se asoman a una habitación, donde la pandereta y el laúd se están besando. Celebran lo que todo el pueblo ya sabe: el impulso eléctrico que estremeció al cuerpo, regresándole al primer plano.

Asomarse

Me miro, me respiro, me veo, me nombro, me conjugo, me salgo del renglón, me despliego en el margen, me incorporo, cojo ritmo, cojeo, me riego, cultivo, me asomo… Te miro, te huelo, te veo, te nombro, te conjugas, te tuerces, te estiras, te duele, te asomas… Asomarse al arte del punto medio entre el reflexivo y el indicativo, entre la voz activa y la voz pasiva; apropiarse del infinitivo con arrebatos de imperativo; olvidarse los apuntes del subjuntivo y los condicionales. 

Cuando emprender y superar una crisis vital caminan de la mano

La artista serbia Marina Abramovic asegura que la única manera de reconstruirnos es haciendo lo que nos da miedo. Tanto la palabra reconstruirse como miedo se pueden interpretar de tantas maneras como personas. En ocasiones, recomponer las piezas consiste en recuperar la autoestima tras una ruptura; en otras, en encontrar tu sitio en la sociedad al montar una empresa. Quien encara una superación personal y quien emprende enfrentarán miedos, asumirán retos y necesitarán estrategias. Las similitudes entre ambas situaciones pueden suponer una inspiración para sus protagonistas. Repasamos algunas:

  • Amor y pertenencia. Ante una crisis o al emprender, nuestra humanidad asoma y los miedos se asemejan. En ambos casos, podemos sentir miedo al fracaso, a la soledad o al rechazo. Como seres humanos, buscamos ser aceptados, a ser posible, a nuestra manera, con nuestras ideas divergentes, y a pesar de nuestras cicatrices.  
  • ¿Para qué estoy aquí? Probablemente, la profundidad de la respuesta de quien asume un duelo será mayor que la de una emprendedora. En cualquier caso, la búsqueda de un para qué se convierte en una guía para cuando la motivación falla. En ese momento, recurrir a la caja de valores y compromisos nos recuerda para qué queremos superar una enfermedad o retomar un proyecto.
  • Una nueva versión de ti. Para trascender una crisis personal, necesitamos desapegarnos del personaje con el que nos manejábamos, que quizá era una mujer casada o de clase alta. Al trabajar por cuenta propia, requeriremos de una nueva narrativa protagonizada por alguien que puede que se dedicara a otro sector o dependiera económicamente. La transición implicará evaluar creencias para filtrar las que nos encallan en nuestra vieja versión.
  • De quién te rodeas. Si el entorno desconfía de que nuestro protagonista cambie de faceta, el riesgo de perder la confianza es mayor. Las personas de las que nos rodeamos pueden convertirse en un sostén para aceptarnos y recordarnos nuestro compromiso ante un fracaso. Si queremos salir de una relación violenta y conocemos a supervivientes de historias similares, la esperanza se multiplica; al igual que pertenecer a un grupo que ha desarrollado el estilo de vida que anhelamos.
  • Atención plena. Ante la tentación de abandonar, la atención se impone en la agenda. El piloto automático dejó de funcionar y necesitamos nuevas respuestas ante un escenario que nos pone a prueba. Alguien con movilidad reducida por un accidente desarrollará su ingenio para manejarse por la calle. Estar alerta también se convierte en un reto y un regalo para la emprendedora porque puede recuperar o desarrollar recursos y talentos, ordenar valores y prioridades, y definir hábitos acordes con su nueva etapa.

Mantenerse en la senda de desafíos personales o de emprendimiento nos ofrece la oportunidad de reconstruirnos a partir de las piezas que hemos encontrado en el camino y convertirnos en heroínas de nuestra propia historia.

Artículo publicado en la web de la organización EmakumeEkin.

Enfocarse

Me hablo, me digo cosas, hago ruido; me distraigo. Pongo una nube en mi frente y despliego una lluvia intensa que cubre hasta mis pies este terreno inquieto con temor a plantarse. Disimulo los pensamientos en bucle, espirales que recorren mi cuerpo y se niegan a hacer pie. Mi tez se congela y la inspiración se queda bajo mínimos; el aire ya no sabe si entrar o salir. El latido me mira de reojo desde lejos, cansado de implicarse. Un frenesí ilógico que se agota y se desploma en un rincón. Pasado un rato que amenazaba con ser eterno, mi mirada con aires de posguerra se encuentra con un espejo. Una de mis pupilas se atreve a trazar una línea imaginaria con ese reflejo que le tiende una mano. “Respira”, me dice; “no puedo”, le susurro. “Apriétame más fuerte”, me confío a pedirle en un impulso ante su persistencia. Me anclo a aquel punto fijo preparándome para el quejido que se precipita desde el pecho.

Sin alternativa a la vista, aguantamos juntos un vendaval histórico, que reclama su protagonismo tras siglos en la sombra. En algún momento de la tormenta, al cuerpo se le va la luz y las articulaciones pierden la fe en ellas mismas. Mis brazos quieren taparme los ojos, pero el anclaje en aquel objetivo me ayuda a mantenerme despierta. Mis pestañas se sacuden el polvo y recupero cierta nitidez. “¿Me ves?”, me pregunta aquella voz acariciando mi pulgar con el suyo. “Sí, sí”, respondo para confirmar mi supervivencia. “¿Cómo te llamas?”, me atrevo a preguntarle tras compartir aquella intensa intimidad. “Mi nombre se parece mucho al tuyo; te he nombrado muchas veces, pero parecías distraída”. “Probablemente”, le respondo mientras repaso en silencio los puntos de enfoque de mi trayectoria. Me lleno de preguntas y me siento a su lado. “Cuéntame más”, le digo dispuesta a mantener la atención.

Erupción latente

Sí, volví a mirar atrás. Mi cuerpo me empujó. Me reencontré con las entrañas negras, las grietas rojas y una piedra que ardía gritando el nombre de mi vientre. Bendita erupción gestante. Avivados por las chispas de lava, mis brazos se despegaron del cuerpo mientras los hombros se sacudían el lastre implantado y las manos batallaban en el aire para trazar el anhelado círculo. Una risa cerrada por derribo blinda ahora el espacio y mantiene la mirada al antiguo rey. Censor de finales con luz al final del túnel, aficionado a romper las alas a las mariposas; representante de plásticos que ciegan y masas que reducen la movilidad. Promotor del mercadeo de besos ansiosos, que tiembla cuando los más inocentes pronuncian palabras de amor. Los dos sabemos que queda poco tiempo. Él sabe que ya sé. Su piedra de papel, sus ropajes, que amedrentaron siglos, se empiezan a reconvertir en polvo. 

Parirse

Hace tiempo que me convertí en una mujer sin darme cuenta. Hace tiempo que mi boca adquirió la capacidad de pronunciar síes, noes, gritos, versos, gemidos, silencios, susurros, preguntas, sospechas, sentencias. Hace tiempo que mis curvas definen a una mujer, como las que alzan el cuerpo y la voz, como las que viven a base de suspiros. Hace tiempo que mi vientre intenta parirme a mí misma, a base de llamas que templo en su camino a mis labios, ahorrándome los dolores de parto. Emito una leve brillantina, muestra de una eterna promesa. Demasiado ruido, demasiado frío, demasiada mirada y oído periféricos, demasiado cansancio, demasiada pena, demasiado peso, demasiado pasado… una lista que se agota y se aburre de sí misma sobre la marcha, entre atajos grises. Me detengo y miro mi vientre, me palpo en busca de aquella llama, sintiendo el desgarro que tanto esquivé. Me arremango en esa cueva cálida, que siempre me espera, a pesar de mis desaires. Recorro los rincones, barro otra vez las palabras sinsentido, extiendo mi mano a viejos conocidos. Los reúno en una antigua mesa de negociaciones con ansias de interrogatorio, pero ellos sólo esperan mi última palabra tras darse cuenta de su afán de protagonismo. Me evito las promesas al aire, me levanto de la mesa y me limito a mirar el fuego, maestro al que vuelvo. Me abraza, me agarra la cara por las sienes; sabe de mis tendencias dispersas. Se acerca, se acerca más, temo quemarme, mi carne se enrojece mientras me susurra al oído. Me recuerda los secretos de la cueva, donde yo solía bailar cubierta por velos y la cara abierta mientras repartía flores. Se despide, no me quiero soltar, le pido que me acompañe, que me lleve de la mano. Él vuelve a su hoguera tras acariciarme por última vez. El ardor me anima a marcarme un ritmo, que sigo torpemente por vías de claroscuro; luces y sombras que corretean entre mi cabeza y mis piernas mientras pongo orden y levanto el pecho, que palpita recordándome mi dominio, poder de usar y disponer de lo mío.

ENTREVISTA | DAVID TESTAL: La magia de elegir las palabras adecuadas para entender tu vida

David Testal (Madrid, 1974) dividiría a la gente entre los que se victimizan por la piedra encontrada en el camino y los que se ocupan de aprender cómo utilizarla a su favor. La primera piedra con la que él tropezó tenía forma de adulto, en concreto, de padre. David lo percibía como un tipo seductor, arrogante y autoritario, a quien le gustaba copar toda la atención allá donde iba y que a su vez vivía en la clandestinidad. Hizo falta alguna década para que aquel niño con costumbres de sabio transformara a su favor la fuerza heredada de su padre, esa que hasta ese momento le había aplastado, y la uniera a la nobleza, bondad y generosidad de su madre para medirse con el exterior y acompañar a otros a definir “su poder”.

El divorcio de sus padres cuando él tenía seis años dividió su mundo en dos. Por un lado, una parte de la familia conformista, conservadora y temerosa. Por otro, una parte poco convencional, temeraria, amante de cierta excentricidad y entregada a las apariencias. En el hogar, una madre “exquisita en todo lo que hacía”, trabajadora fuera de casa, y entregada cuando estaba en casa a una rutina sencilla y estable. En su otro hogar, un padre poco confiable, con una vida inestable, vinculado con negocios ilegales y amante de las armas, el lujo y los animales exóticos, con alguno de los cuales David convivió. En aquellas primeras escenas de la película de su vida, David decidió que su madre sería el refugio y su padre, la amenaza. Ella encarnaba a la guardiana del castillo en el que David, hijo único, “sanaba la herida de la separación y era amparado en su timidez” mientras imaginaba ser un extraterrestre que había venido a la Tierra con una misión:

«Aunque a cierto nivel esto es una verdad para mí, prefiero tomarlo o explicarlo ahora como una narrativa que me ahorró mucho sufrimiento. Ser alienígena le daba sentido a mi inmensa soledad interna y al hecho de que me sintiera como un bicho raro incomprendido. También gracias a esta misión quizás imaginaria, y a lo largo de muchas vidas en este planeta, me ocupé de desarrollar sin prisa determinados saberes y de convertir esta vida realmente en esa misión».

El encierro

Sus días de infancia y juventud transcurrían habitualmente en su habitación, entre libros de filosofía oriental, programas de radio de madrugada, música de los 80 y películas de culto. En cuanto a sus amigos, siempre conectaba más con los que también preferían hablar a jugar al fútbol, o con los que preferían adentrarse en conversaciones íntimas y profundas a salir de fiesta. Cada vez que tocaba visita paterna, su cuerpo se encogía ante aquel hombre de “carácter fuerte e irascible”. Mentalmente, David se mantenía protegido tras “un foso inquebrantable”, en su “palacio interior”, y desarrollaba en secreto, aún sin saberlo, su concepción de la libertad, en la que el terreno propio es sagrado y cada cual tiene la responsabilidad de defender su soberanía frente a cualquiera que pretenda erigirse en autoridad sobre uno.

«Aprendí desde muy pronto a vivir con lo esencial, estoy bien con poco y soy bastante autosuficiente, en el sentido de que, al ser hijo único, aprendí a estar a gusto conmigo mismo y a no necesitar a nadie para pasármelo bien o para sentir que mi vida era más interesante. Al contrario, estaba siempre mejor solo y era pacífico mientras me dejaban en paz. Lo que nunca consentía es que vinieran a coaccionarme, a exigirme o a intentar dirigirme. Siempre prefería la soledad porque es cuando menos solo y más libre me sentía».

«Mi vida no es una vida de grandes y dramáticas superaciones externas o de hazañas espectaculares, sino de un viaje interno trepidante; lo cual me ha llevado a apreciar la alucinante aventura en la que todo individuo se haya inmerso, lo sepa o no, más allá de las apariencias o de lo que se supone que habría que hacer para tener una vida rica y significativa”.

El encierro personal lo especializó en lidiar con cualquier confinamiento [esta entrevista se realizó a distancia durante la cuarentena decretada por la crisis del coronavirus]. “Se trata de hacer de lo inevitable algo beneficioso para ti; convertir la cueva en la que estás encerrado en una nave espacial y expandirte hacia dentro para encontrar todo lo que habías estado despreciando con la excusa de que tenías otras cosas que hacer. Sé que a veces las circunstancias pueden resultar muy duras, pero quejarnos de ellas no sólo no resuelve nada, sino que las hace aún más duras.

Siempre hay un margen de maniobra, por mínimo que sea, y quien se concentra sólo en ese margen ha empezado, sin saberlo, a entender la Magia.

Esa filosofía de vida fortaleció su independencia, su individualismo y su libertad, y lo libró de adicciones. “Cuando detectaba que necesitaba algo para sentirme bien, me lo negaba radicalmente hasta sentir que no lo necesitaba. Puede parecer una excentricidad, pero para mí fue siempre una operación mágica con la que trasmutaba en riqueza interior mi carencia de vivencias propias de mi edad y con la que, renunciando a cierta vitalidad, despertaba paradójicamente una fuerza en mí que iba creciendo con los años. Como si practicara una religión ascética propia y, haciendo voto temprano de austeridad mundana, sembrara en mí una futura riqueza espiritual”. Gracias a ese mecanismo, dejó radicalmente el alcohol muy pronto, a pesar de que todos sus amigos lo tomaban cada fin de semana y decidió que no viajaría hasta no dejar de sentir que lo necesitaba para ser feliz.

«No quería ser esclavo de lo que ansiaba o necesitaba para sentirme bien. Quería lograr estar sereno y colmado sin salir de mi barrio, de mi habitación, de mis libros. Sin expectativas ni grandes metas. Tenía miedo a conquistar el mundo, nunca he pertenecido a él. Pero claro, tenía miedo porque lo deseaba. Y no me gustaba desearlo porque no sabía cómo se hacía. Sin embargo, al sucumbir a ese miedo, desarrollé otra clase de valor: el valor de ir inventando un camino propio. Me escondí en la oscuridad y allí aprendí a encender una luz genuina en mí».

En la primera salida de su cueva, las palabras lo acompañaron para exponerse ante los demás: unos artículos en primera persona, principalmente románticos y que publicaba en el boletín del colegio, le demostraron el valor de su imaginario. «Empecé a recibir mensajes para que siguiera escribiendo, personas con las que nunca había tratado me decían que les hacía compañía y ayudaba leerme. Y de repente sentí una inmensa satisfacción egoísta al saberlo. Me había convertido en una de esas personas que acompañan y había dejado de ser una de esas personas que se ciñen a buscar compañía».

«Al acompañar a otros, sucede que eres tú quien comienza a acompañarse a sí mismo, representando tus lectores esa parte tuya que busca que alguien le dé voz. Y aquella primera sensación hizo que no pudiera dejar de escribir ya nunca. Escribir para mí mismo, sin tapujos, lo que yo quería escribir y no encontraba, dándome el permiso de decirlo y, por ello, convirtiéndome en ejemplo para otros que no se atrevían a decirlo, en ejemplo de la fuerza que se siente al decirlo, de la libertad que se conquista».

Su misión en el planeta empezaba a protagonizar sus primeros capítulos. Por aquella época, las películas le enseñaron que se podían montar escenarios como el de La guerra de las galaxias sin viajar al espacio. “Hasta el día que vi Star Wars, soñaba con ser astronauta. Me quedé clavado en la butaca cuando los títulos de crédito terminaron. Y pensé: ‘¿Para qué ir al espacio si puedo atravesar galaxias yendo al cine?’ No paré de ver cine desde entonces, desde muy niño. Y, poco a poco, fui dándome cuenta de cómo el cine estaba íntimamente relacionado con el mundo onírico y mágico que, por determinadas experiencias, eran otros de mis intereses tempranos. Si la realidad era un sueño y el cine servía para crear sueños, entonces, el cine servía para crear realidad a través de la metáfora de la ficción”. Ante tal hallazgo, estudió cine y se adentró en la filosofía, la psicología y la creatividad, con el foco puesto en la percepción, la imaginación, los mitos y los sueños.

LA FUERZA

Mientras avanzaba en su vida como adulto, sufría las consecuencias de haberse amputado una parte de él mismo por juzgar a su padre. “Cuando rechazas a un progenitor, rechazas todo de él, incluso lo bueno para ti. Fui entendiendo que salir de mi cueva me costaba tanto porque había rechazado en mí la fuerza necesaria para medirme con el mundo, esa fuerza que mi padre representaba de una forma que yo detestaba. Podemos utilizar una misma fuerza de forma distinta, pero si rechazas esa fuerza porque tu padre la utiliza de forma destructiva, tú tampoco puedes utilizarla de forma constructiva. Y eso, precisamente, es destructivo para ti. Acabas convirtiéndote en tu padre, en aquello de lo que reniegas e intentas alejarte. Al matar al padre, éste te posee”.

Cuando rechazas a un progenitor, rechazas todo de él, incluso lo bueno para ti.

Al salvar todo de su madre, conservó para sí el miedo de ella a la incertidumbre, a emprender, al riesgo… “Como no quería ser como mi padre, renegué de la parte de él que había en mí y tuve esa fuerza atrofiada durante mucho tiempo. Para intentar compensar en mí esa atrofia, reproduje todo lo que de mi madre había en mí. Ella es una persona maravillosa, aunque ha confiado poco en sí misma. Yo desarrollé esa falta de confianza porque venía de ella y rechacé la fuerza que la hubiese compensado porque venía de mi padre”. Al percatarse de ese potencial dormido, decidió curarlo e integrarlo. Sin darse cuenta, su padre le había dado muchas lecciones sobre la libertad que tanto anhelaba.

«Descubrí y acepté la fuerza de mi padre en mí, vi la maravilla que había en él también, aunque yo considerara que no la había utilizado de una forma benéfica para él ni para los demás. Y reconocí en él cierto valor y cierta libertad. Él siempre supo, por ejemplo, que se la estaba jugando con su actividad al margen de la ley, que lo podían detener, pero estaba dispuesto a asumir las posibles consecuencias. Así, indirectamente, sin él saberlo y aunque yo me dedicara a otras cosas, me enseñó a ser consecuente y más valiente, a no consentir que nadie se interpusiera en mi camino e intentara amedrentarme».

Tras la sanación de la herencia familiar, llegó una época de expresar, escribir, trabajar, ganar dinero y construir así una pasarela hacia su trayectoria como artista independiente. Esa fuerza que él encontró en sí mismo representa uno de los pilares en su concepción de la Magia, la cual ha intentado transmitir en sus talleres o «puertas” , como él los llama, y que en parte integrarán ahora una “No-Escuela de Alta Magia y Libertad” que fundará pronto.

«El coraje de tomar decisiones estando dispuesto a afrontar las consecuencias es un fundamento mágico ineludible. El precepto de Crowley: ‘Haz lo que quieras como única ley’ debe ser complementado con la fuerza necesaria para atreverse a ello. Y esa fuerza nace de asumir cualquier posible consecuencia y entregarse a lo que los hindúes llaman Atman o, por poner un ejemplo en apariencia sencillo y fácil de entender, a lo que fue vertido en la cultura popular por George Lucas a través del concepto de ‘la fuerza’ en Star Wars. Ésta conlleva el valor para guiarte por tu visión pase lo que pase, piensen lo que piensen y pese a quien pese. Lucas, sintetizando distintas tradiciones místicas y relatos mitológicos, explica con ello que lo más fiable en nosotros es esa intuición que, de alguna manera, manifiesta lo divino en cada uno, eso que unifica todo y que late en todo, pero que se manifiesta de forma distinta en cada individuo. La llamada que cada persona debe reconocer, lo genuino, lo que nos hace únicos, que es lo que está de verdad al servicio de lo que nos une y no entendemos».

David lamenta que “la mayoría lo tiene reprimido porque intenta encajar o pertenecer y ser querido, evitando defraudar, molestar o ser despreciado. Y quien busca encajar pierde su forma”. En su caso, aceptar su soledad desde pequeño lo ayudó a no mendigar a nadie para que lo hiciera sentir especial porque él ya se sentía especial. “Mi sensación de bicho raro me ha ayudado mucho. Los bichos raros solemos sentirnos bien solos, solemos disfrutar con ello. Y eso hace que nos cueste menos no caer en colectivismos, no seguir al rebaño, que sea más difícil que nos sometan, nos manipulen o nos chantajeen”.

EL MIEDO

Lo que sí buscó durante años fue un referente paterno. «Al sentirme huérfano de una figura masculina poderosa que me sirviera de guía, de joven coleccioné durante un tiempo padres sustitutos sucesivos, padres a quienes poder admirar y de quienes aprender. Mi padre se comportaba como un niño. Eso me obligó a buscar mis propias referencias adultas. Y quizás al final, esto me benefició, pues no me ceñí a una sola referencia que me colmara”. Entre los muchos maestros, vivos y muertos, de los que ha aprendido, se encuentra Alejandro Jodorowsky, que contribuyó a que David se erigiera en su propia autoridad, en su propio padre.

«Durante aquella época investigaba distintos métodos terapéuticos. Entre otras cosas, estudiaba el lenguaje, verbal y no verbal. Me interesaba mucho cómo y por qué se producían esas transformaciones profundas que se dan a veces al tratar con determinadas personas, cómo articulaban su mensaje e interactuaban con quienes les pedían ayuda aquellas personas que eran más efectivas al prestar esa ayuda. Alejandro me deslumbró por la extraordinaria empatía, honestidad y capacidad para detectar la fuente del problema e ir directamente a ella de forma radical, sin rodeos ni miramientos. Además, es una de las personas más generosas que he conocido. Le estaré eternamente agradecido por muchas cosas y siempre llevaré conmigo algunas fórmulas mágicas que me dijo al oído».

Tras estudiar durante años con el artista chileno, a la vez que estudiaba por su cuenta otras disciplinas, constató que el Tarot “sintetizaba, además de distintos saberes esenciales, todo lo que hasta ese momento me había apasionado. Al igual que el cine y la escritura, se trataba de un lenguaje óptico con el cual crear historias, pero unas historias personalizadas para cada individuo, historias que, al apelar directamente a patrones míticos en nuestras vidas, eran capaces de provocar tomas de consciencia definitivas y de dar un sentido a la vida del consultante. Y al tratarse de un lenguaje simbólico que atrae al inconsciente hacia una estructura narrativa, cada lectura también es en sí misma la creación de un sueño a medida”. En las más de 2.000 sesiones que ha ofrecido en casi dos décadas, ha detectado múltiples patrones de comportamiento. Asegura que uno de los más comunes últimamente radica en “la falta de coraje para concretar”.

«A muchos nos gustaría sentirnos mejor en algunos momentos de nuestra vida, pero no solemos atrevernos a decidir qué hacer con esa vida. Y entonces, cuando nos preguntan qué queremos hacer, no nos atrevemos a responder, fingimos no saber e incluso llegamos a creer que no lo sabemos. Pero lo sabemos, siempre lo sabemos en el fondo. Y, para no responsabilizarnos, muchas veces nos distraemos con dramas que nos impiden mirar hacia las soluciones, con problemas que nos auto-imponemos o en los cuales nos regodeamos porque son una excusa perfecta para no confrontar la decisión concreta».

«Hoy en día, es una epidemia el victimizarse sólo para conseguir atención y beneficios, fingir problemas colectivos, teóricos y complejos, para justificar la propia cobardía. Concretar requiere valor y responsabilidad, estar enfocado en lo que deseas realizar y no en todas las excusas que sabes encontrar para creer que no puedes hacerlo».

Considera que, en muchas ocasiones, la nueva espiritualidad ha hecho mucho daño al abordar superficialmente una sabiduría muy profunda. “Un principio mágico y esencial, cuando es entendido de forma sesgada o perezosa, daña o esclaviza en vez de liberar. Si huyes de su exquisita complejidad y te acomodas en una falsa idea de sencillez, que tiene más que ver con la simpleza, agrandas el problema que buscabas resolver. Se ha demonizado el intelecto y se ha endiosado el sentimiento, confundiéndolo con la intuición. Y si el intelecto se atrofia, el sentimiento es un tirano idiota. Por haber sido engañadas con fórmulas misteriosas y vacías, hay un montón de personas, por ejemplo, enganchadas durante años a gurús o pidiendo cosas al ‘Universo’ y esperando embobadas lo que nunca termina por llegar, en vez de estar decidiendo qué quieren aportar ellas a ese ‘Universo’. Y como esto, muchos otros problemas crónicos provocados precisamente por buscar soluciones en un mercadillo”. Su metodología rechaza el “trabajo espiritual” y el enganche alimentado a veces por muchos procesos terapéuticos, y apuesta por una “toma de consciencia decisiva” para el consultante.

Concretar requiere valor y responsabilidad, estar enfocado en lo que deseas realizar y no en todas las excusas que sabes encontrar para creer que no puedes hacerlo.

Al margen de las sesiones y de la No-escuela de Alta Magia y Libertad, publicará próximamente un libro sobre sus reflexiones en Twitter desde 2010, en las que desglosa casi a diario “principios mágicos esenciales”. “No hablo de actualidad, al menos no directamente, porque la considero una cortina de humo. Me gusta extraer aquello que subyace bajo el acontecimiento concreto, aquel principio que adquiere ahora esa forma, pero que ha adquirido y podrá adquirir formas distintas. No importa tanto lo que sucede como la forma que tenemos de vivirlo, que se corresponde con lo que sucede dentro de nosotros ante ello. Todos los sucesos son, antes de nada, sucesos internos, son nuestro alma creando eso que llamamos “realidad”. Este libro me ha llevado 11 años escribirlo y será un compendio de miles de principios; cada uno de ellos podría ser desarrollado en un libro futuro. He querido escribir una especie de síntesis de todo lo que quisiera escribir en mi vida. Como necesitaría cientos de años para hacerlo, al menos gran parte ya estará codificado en este libro cuando yo tenga que partir”.

Posteriormente, le gustaría realizar de nuevo una película después de ocho años de 006. un principio, corto que fue alabado por algunas de las más prestigiosas publicaciones españolas. Como todas sus creaciones, la emprenderá por el placer de ejecutarla y desde lo íntimo, para conectar así con lo universal.

«He comprobado siempre cómo al hacer las cosas realmente para uno mismo, sin considerar a los demás ni presuponer lo que esperan, éstas se convierten en piedras preciosas y útiles para otros; pero tienes que ser radicalmente honesto contigo mismo, imaginando lo que tú pensarías de lo que has hecho si no lo hubieses hecho tú y te lo encontraras de repente. Tienes que sentir que has hecho existir eso que buscabas y no encontrabas por ninguna parte. Para mí, nada está terminado hasta que no lo siento así».

Le reconforta que lo que hace sea de utilidad para otros, pero sin aspirar a la aprobación externa. “Una cosa es que no busques la aprobación de los demás y otra que no te importe si aportas o no algo a los demás. Buscar aprobación es poner tu vida en manos de otros, que, sabiéndolo, podrán irte dirigiendo para que les aportes lo que ellos decidan aun a costa tuya; es esclavizarte y humillarte. Sin embargo, al ignorar el chantaje y el miedo de los demás, al no buscar complacerlos, acabas siendo realmente generoso con ellos. No respetamos a quien intenta complacernos todo el tiempo, sacrificando su autenticidad, sino a quien se muestra honestamente ante nosotros dispuesto a afrontar nuestro rechazo o nuestro amor”. Sabe que el miedo aparecerá, pero hace tiempo que aprendió a convertirlo en el aliado principal del protagonista. “No se puede ser valiente sin miedo”. 

Más información: https://www.davidtestal.com/

Primavera castrada

Tras las montañas estaba el mar, la noche, el vértigo, la ciudad.

En los primeros meses del año, tarde o temprano, llega un día en el que el sol calienta un poco más fuerte. Al mediodía, el abrigo deja paso a la cazadora, que encara la tarde con aires de chulo noble de barrio con ganas de jugar sus cartas. El cambio de clima establece una frontera entre dos mundos: el formal, el bien portado, el que no da guerra, el que se presume a los vecinos, y el otro: el espontáneo y juguetón, el de las curvas, los experimentos y los excesos, ese ante el que algunos profesores miraban para otro lado; el que apuesta, pierde y gana en el recreo al margen de lo que pusiera en el libro.

En un patio en el que algunos ya insinúan sus recursos entre la manga corta y la sudadera atada a la cintura, los soldados del campo de fútbol se asoman rendidos ante el aroma venusino. Fuerzas opuestas coquetean con ansias implícitas de alcanzar un rincón de convivencia. Corrillos de cotilleo, miradas primerizas, torpes puntos de encuentro… destellos de una negociación con un mínimo común denominador.

Pero no todos los cuerpos salen a jugar. Algunos esconden sus cartas tras el impacto en su vientre de un rayo con origen más o menos identificado. El escalofrío los saca del campo y los inhabilita temporada tras temporada. Sin picardía ni estrategia, guardan casi toda su baraja en un envoltorio impecable a la espera de la utopía adulta, donde regalarían derechos y libertades sin necesidad de ensayos previos. Primavera tras primavera, disimulan el invierno nublado que se instaló entre su pecho y sus instintos. Saltan con los brazos encogidos mientras sus entrañas se cubren de capas. Ante aquella amenaza difusa, sienten cómo un muro divide su cuerpo mientras observan y fantasean desde la banda. Con el argumento del peligro de unos tigres que dejaron de correr hace años, censores internos se enredan en debates para justificar tarjetas rojas que frenan cualquier corriente.

Décadas después, tras colocar su cuerpo en grandes estadios en los que descubrieron réplicas de los impulsos castrados en aquel patio, algunos encuentran la llave y regresan a su paraíso: una tierra fértil, quizá invadida, pero siempre a su nombre y disposición. Allí esperaban las cartas perdidas de la baraja, con la que ahora cruzan torpemente la frontera mientras recuperan el aliento antes de que empiece la segunda parte del partido. En los últimos minutos del descanso, el recién llegado deambula despistado por su antigua ciudad. Todo parece más árido, caótico, hostil, pero un viejo ritmo con aires de Bamboleo se escapa de una taberna y le entona el cuerpo. Se apoya en una pared para subirse las medias y revisa discretamente sus cartas. Es tiempo de juego.