Lecciones

Tarde o temprano, el maestro completa el programa. La lección está dictada, el curso terminó. A menudo, el alumno se aferra al profesor, incluso le pide repetir una y otra vez. El aprendiz ya escucha de fondo el soniquete del siguiente nivel, pero se acurruca entre los libros y apuntes de siempre, fantaseando con que el maestro le susurra el temario en bucle. Le suena bien, lo entiende, incluso le emociona la idea de aplicarlo, pero se queda inmóvil mientas recuerda melancólico sus épocas de alumno aventajado.

El asunto deriva en una escena tensa en la que alguien entrega un micrófono al estudiante y lo empuja hacia el paseíllo, un camino a estrenar que dirige hacia los salones de la planta alta. El maestro da la espalda a la puerta mientras organiza sus papeles en el maletín. Claro que recordará al joven con cariño, pero necesita apurarse. A él también le esperan asignaturas pendientes en el ático o en la planta baja, todavía divaga mientras le notifican las convalidaciones. Quizá septiembre les espere en el mismo pupitre.

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ENTREVISTA | Abuso emocional. Del modo supervivencia a crear un universo propio

La vida de María (Madrid, 1978) constituye una novela dividida en dos tomos. El primero se podría titular Aprendiendo a sobrevivir y el segundo, Descubriendo a María. En las páginas centrales, se desarrolla una transición revolucionaria marcada por dos hitos: la ruptura con su familia y una estancia de un año en el extranjero.

Esta mujer apasionada por la sensibilidad, la literatura y la creatividad, vivió durante casi tres décadas desconectada de sus emociones. “Mirando hacia atrás, me veo vacía: no me oía, no me sentía, no existía; como si fuera invisible”. Los instintos quedaban en un plano desconocido para ponderar lo que pensaba que los demás esperaban de ella.

Las obligaciones se convirtieron en su pauta y delinearon una dinámica de autocastigo a base de una responsabilidad extrema. Con el objetivo de “ser normal”, se exponía a situaciones límite, como experiencias laborales abusivas por las que empezó a somatizar sus emociones con enfermedades que la inhabilitaron durante una temporada. “La vida me ha enseñado a base de golpes que me deje de maltratar y que construya mi propio mundo”.

Aunque apenas encontrara satisfacción en sus múltiples puestos relacionados con la gestión cultural, su vida profesional se convirtió en un refugio por el que transitaba al margen de sí misma. Se obsesionó con buscar trabajos “dignos” para los demás por si alguien le preguntaba. “Me invadía un desamparo que no me permitió perderme para identificar lo que yo quería”.

Vivir en alerta

Su otro foco de aquella “normalidad” anhelada lo formaba su familia de origen, el primer escenario donde María aprendió a esconder sus necesidades y a vivir a la defensiva, como si el mundo fuera “una constante amenaza de la que hubiera que defenderse”. Durante su infancia y juventud, vivió odiando a su padre como consecuencia del odio inoculado por su madre. “Con el tiempo, me he dado cuenta de que mi padre no era el monstruo que ella nos hacía creer; nos ponía en su contra, nos usaba como arma arrojadiza y nos trataba como sus compañeros”.

Gracias a su indagación sobre personalidades narcisistas y alienación parental, María ha concluido que su madre buscaba en sus hijos “alimento emocional” sin importarle sus sentimientos, y sin remordimientos tras la agresividad y el abuso. “Me comparaba con mis hermanos; me hacía creer que yo no era suficiente”. En épocas de enfermedad de María, su madre la sugirió el suicidio en varias ocasiones si no encontraba solución a sus problemas.

El abuso emocional, del que no se habla y no hay pruebas, es como si te aspiraran por dentro y te dejaran vacía

Las etiquetas de los trastornos de su familia le ayudaron a entender desde otra perspectiva provocaciones como aquellas. “El abuso emocional, del que no se habla y no hay pruebas, es como si te aspiraran por dentro y te dejaran vacía”. Cuando su hermana le prohibió ver a sus sobrinos, sintió paz porque sabía que la situación no podría ir a peor. Hoy en día, se relaciona sólo con su madre, enferma de Alzheimer, y por la que siente una mezcla de indiferencia y compasión.

Mucho antes de nombrar sus traumas, una beca otorgada a su marido los trasladó a Estados Unidos durante un año, una experiencia que marcó un punto de inflexión. “Aquí habría sucumbido, habría caído enferma una vez tras otra”. Tras la vorágine laboral, familiar y de salud, María sólo soñaba con dormir en su nueva ciudad, pero la distancia física y emocional la vitalizó, y despertó una creatividad apagada desde hacía décadas. Sus días se cubrieron de libros, de escritura, de teatro, de naturaleza, de gente nueva. Por primera vez, tocó aquello por lo que siempre se había considerado especial, pero que había ocultado: una capacidad para hacer sentir bien a los demás a partir de una intensa conexión con ella misma.

En ese contexto, se dio cuenta de que no echaba de menos su vida en Madrid, a la que hasta entonces se había entregado abnegadamente. La antigua dinámica de autocastigo empezó a ceder en favor de su intuición para tomar cualquier decisión y definir una rutina austera, pero más plena. “Me sentí yo misma, estaba harta de engañarme y tratarme mal. Descubrí que otra vida era posible”.

Una revolución vital

Cuando volvió a España, su antiguo miedo a carecer de una familia, un trabajo y una vida social normales se había convertido en realidad. Contra todo pronóstico, no se sintió abandonada, y empezó a construir otro mundo más auténtico. “Se trata de una revolución vital porque centrarme en mí y mis problemas en lugar de los de los demás supone una satisfacción. Cuanto más me voy llenando de mí, menos espacio me queda para los que me han ayudado a crecer haciéndome daño”.

La intuición, sus herramientas creativas y las sensaciones corporales se han convertido en una brújula que le susurran con mayor o menor definición cómo guiarse de acuerdo con sus necesidades y deseos. Poner límites y esquivar el chantaje de los que aluden a la antigua María hiperresponsable todavía implica un reto ante el que se expone para definirse. “Cuando me salga de forma natural, estaré más en paz conmigo y con el mundo, sin los resortes que me alertan de un posible abuso”. En cualquier caso, ya van quedando lejos los días de terror ante un ataque y de obsesión con que alguien llenara su vacío, aunque fuera con agresividad. 

Él es la única persona que me ha amado sin condiciones; me ha cuidado como nunca lo hicieron mis padres

En esta nueva transición, la acompaña su marido, al que considera una lección vital. “Creo que la vida me ha compensado con él para demostrarme que otro tipo de amor, de ternura, es posible. Él es la única persona que me ha amado sin condiciones; me ha cuidado como nunca lo hicieron mis padres”. Su hogar alberga flores, poemas, música, cuadernos y libros. De nuevo, la lectura como fuente de refugio e inspiración. La escritura, su otro recurso recuperado de la adolescencia, también forma parte de su presente. “Ya no escribo ficción, me interesa más escribir sobre mí porque me estoy descubriendo”.

Nuevos episodios de una historia que le gustaría cerrar con un capítulo en el que ella se definiera en positivo, no a través de lo que rechaza, y que se realizara con una ocupación vinculada con su desarrollo personal. Se imagina sentada en una mesa con un bolígrafo y unos folios, quizá escribiendo una obra de teatro o dibujando un desnudo, pero sintiéndose bien, en casa, sin amenazas. El capítulo lo titularía Vida sencilla y salvaje.

Nota del editor: María prefiere ocultar su nombre completo por motivos personales.

Alerta

Vómito latente en la garganta. Bola de preso se adueña del vientre y su desgarro. Capas de yeso inyectan los músculos. El peso anula la movilidad desde el pecho hacia arriba.

La vista se rinde ante un escenario con un gentío extraño. Los ruidos reverberan en los nervios superiores. Los pies se empeñan en avanzar hacia una dirección sin número. El tronco, ya enajenado en el laberinto, intenta mantener el ritmo.

Demasiado mal olor, demasiada estridencia. La boca, cada vez más pequeña, teme su cierre final. Los oídos ya no dicen nada. La mandíbula, asustada, pierde fuerza para empujar. La lengua, acurrucada en el paladar, aguarda la calma. Los pechos se esconden encogiéndose hacia dentro;  
demasiada amenaza incierta.

La voz de alarma se multiplica acallando a todos. Un grito afónico busca frescor, sosiego, limpieza. Respiración reducida a la mínima. Dispositivo de búsqueda de refugio fallido. Inútiles alivios temporales.

Una frase pulsó el botón rojo de alerta. La seguridad quedó suspendida, anulando todo. Esta vez, un hogar pacífico, su piel y las palabras esperan. Silencio, dos lágrimas, leve despertar, respira.

Maneras de mirar

Casi siempre salía sonriente en las fotos. En realidad, ella se forzaba para crear esa expresión tan suya que sabía que funcionaba para transmitir una sensación de bondad, de amabilidad, de complacencia, de ausencia de límites o inconvenientes. Claro que esa actitud era auténtica, pero a ella también se le torcía el gesto; a veces, incluso se le caía, se le encendía, se le apagaba o se lo tapaba.

La modalidad que le resultaba más cómoda últimamente se encontraba en un camino intermedio por el que había transitado poco, al menos ante las cámaras. Equivalía a una ventana abierta; una ventana sencilla, luminosa, con cierta solera, pero fresca y renovada; un hotel con encanto de disponibilidad variable.

Se trataba de una mirada muy diferente a la que a menudo había considerado la más conveniente: aquella puerta abierta 24 horas con un luminoso impecable, música adaptada al visitante de turno, atención plena, capacidad de escucha a discreción… Y resulta que no era necesario, que la gracia versaba en que gesticulara, que levantara una ceja, que apretara los labios, que los abriera, que guiñara los dos ojos, que frunciera el ceño las veces que hicieran falta, que exclamara todo lo posible… Tantas opciones… En definitiva, que se dejara sonar al ritmo de cada rato, sin recato. Aquella mañana, sentía tristeza y coraje a partes iguales, y quiso que la cámara lo supiera.

Rebuilding

I force myself to believe there will exist something else. I force myself to abandon this scenario because I receive just pieces; magical pieces though.

I try to believe I will feel along the way that divine combination of excitement and warmth; adventure and home; wings and roots. Am I being too ambitious? Am I behaving again as a utopian girl?

The view does not seem clear at all; just a messy picture covered in smears of theories and a glimpse of faith. Actually, I could stay, but I used to cry one more tear those days than today; just one, but it makes all the difference.

I can only base my decision on that subtle amount of liquid full of desire, expectations and dreams of building together gardens of stanzas, harmony, tenderness, pleasure, passion, depth.

I face myself with the same old tools while sitting on the floor. I stare at them with sad eyes and they whisper me they can’t wait too long; I have no more excuses as an answer.

Well, let me just listen to your melodic inspiration to begin to work on this.

Con azúcar

Foto: Beatriz Rubio, junio de 2019.

Aquel miércoles por la mañana, se puso azúcar morena en el café después de años sin endulzarlo. Al principio, la dieta le obligaba a reducir la glucosa y después se había acostumbrado al sabor sin añadidos. Ese día tomó aquella decisión espontánea e irrelevante en apariencia, pero con una sensación de estar a punto de abrir una puerta hacia algo más que otro aroma. Ella quería probar para experimentar lo mismo que los que viven con esa costumbre, los que empiezan el día a medio camino entre lo amargo y lo dulce. La cuestión es que le gustó, le gustó bastante.

Mientras bebía y escribía, pensaba en todas esas otras maneras de las que podría vivir, las múltiples combinaciones que se podría permitir y de las que, de momento, no era consciente. Sin contemplar todavía ninguna opción, se sintió constreñida por un manojo de ingredientes que habían elaborado con empeño la misma receta que un día le supo bien, pero que ya se había alejado demasiado del deseo. Poco a poco, se había convertido en una rutina apuntalada con ciertos argumentos bastante convincentes, pero que ahora se quedaban cortos y le transmitían una abulia silenciosa por todo el cuerpo. En un intento de alejarse de aquella angustia, se obsesionó con los giros de guion, los cambios de trayectoria, los impulsos, salirse de la línea, dejarse llevar por las curvas.

¿Cuándo había dejado atrás aquella forma de improvisar que le fascinaba y con la que tanto había fantaseado? ¿Por qué las estrategias del modo de supervivencia habían liderado su rutina durante los últimos años? Sí, entendía los motivos derivados del dolor, de los días pisando cristales rotos y corriendo delante de fieras, pero se había agotado de sobrevivir, de llevar la lengua fuera, de contener la respiración. El alivio al que se había agarrado con tanta fuerza en tantos momentos le parecía miserable.

¿Y si el peligro había pasado? ¿Y si resulta que ya no corría riesgo y que podía expirar?

Quizá, más allá de los movimientos básicos y los derechos fundamentales aprendidos en su última etapa, se podría permitir conjugar a su antojo los recursos, las ideas, las extremidades, las miradas, las horas, los espacios, los nombres, los adjetivos. Girar, componer, desordenar, traducir, derivar. El mundo se le multiplicaba con prefijos deseables de apellidos diversos escritos sobre la marcha con un ritmo marcado por el placer, aquel que la construía por dentro, otorgándole la solidez que el ansia por sobrevivir le había robado tantas veces. Aquel azúcar le había animado a considerar otros escenarios; tierras con senderos en los que la huida constituía una medida excepcional, limitada a momentos concretos.

Sentada en la mesa de la cafetería, observó cómo una niña interna imaginaria se desperezaba en la cama, respiraba hondo y se disfrazaba. De repente, la jovencita mutó en mujer, una mujer con un pasado fugitivo, cansada de correr bajo el peso de pesares hartos de explicarse, y que había aprendido a compadecerse de los demonios. Con un paso firme y más vulnerable que nunca, caminó hacia una cafetería luminosa, colorida, de sonidos multilingües. La camarera le preguntó si quería un café con leche, como siempre. “No”, respondió ella. “Ponme un té rojo, por favor; sin azúcar”, dijo guiñando el ojo.

Fantasies

Last night, my pillow became you. I cried before falling into the universe we used to travel to. In my fantasy, I wasn’t sure if that would be the last time or just the beginning. All of a sudden, all my doors were closed; my body seemed so clumsy with the code we had developed together; but I spoke up, almost scaring you. I don’t remember my question, but you answered “yes”, resting on that safe refuge I drew shyly, firmly; as if you were eager for that. 

After so long accumulating words in my throat, getting dry, it was just a matter of combining some of them. You were willing to remove another layer, getting deeper in all senses. I recovered myself, we went further and higher together; breaking slightly the borders between your country and mine.

Come closer, I will tell you new fantasies.